Llueve y hace frío, nieva. Todos los días pienso un rato en la muerte, me obligo a ello para no perder de vista lo poco que soy, pero últimamente solo los lunes se me ocurren ideas dignas.
Hoy he descubierto otra arista más que desconocía de mi cerebro: una parte de mí espera la muerte en cualquier momento. No es que la desee, es más bien la consciencia de que ya estoy en tiempo de descuento, que ya la muerte ha pasado de ser un miedo infantil, una amenaza adolescente, una idea juvenil a convertirse en certeza vital.
'Te espero, muerte, estoy preparada', parece que diga esa parte de mí hasta ahora ignorada.
No tengo miedo a la muerte. Ni a morir, hace ya muchos años que perdí ese miedo. La muerte es una compañera fiel a la que con el tiempo he ido entendiendo. Acepto las limitaciones que la muerte supone al desarrollo de una vida, al fin tampoco son tantas: morimos cuando más sabemos, cuando más útiles somos a la sociedad. ¿Y más útiles a nosotros mismos? Me atrevo a decir que no, pues cuando pasa el tiempo solo empeoramos físicamente hasta la desaparición, a veces con agonías y sufrimientos que si no fuera porque los he visto en los humanos diría que son inhumanos. Y lo son, eso es lo peor.
La muerte es mi amiga. No soy tan estúpida como para hacerla mi novia y llevar de carabina a una cabra, pero está conmigo desde hace tanto tiempo como yo estoy conmigo misma, incluso más si considero que yo conmigo misma no tuve un solo ncuentro hasta los tres años. Somos viejos conocidos y nuestra experiencia común ha pasado por varias fases. Hasta los 18 años, todas mis experiencias con ella fueron desastrosas.
DIGRESIÓN NECESARIA: Releo lo escrito y creo que es necesario detallar mis experiencias con la muerte en esta etapa. Hablo, claro, de muerte de humanos. Mi primer cadáver lo vi a los cinco años. Yo estaba, como todos los miércoles, en casa de mi abuela, una casa de pueblo de dos plantas. De pronto mi abuela me dio la "falda de los domingos", para entendernos, y me llevó a la casa del vecino. El pobre don Jaime Destuez estaba allí, en una caja, dormidito. Me acerqué a verlo. Estaba como siempre, arrugadito, pequeñito, con su bigotito blanco, su traje gris perla con camisa blanca y sin corbata, abotonado hasta el cuello. Yo tenía cinco años, él un millón: algo raro había en el ambiente. Me senté en una silla junto a mi abuela y simulé estar distraída con un cuadro horroroso (una caza de venados tipo velázquez) cuando en realidad tenía bien puesta la antena en la conversa de mi abuela y sus comadres. No creo ni que me hicieran falta tres minutos para conocer la totalidad de la historia, excepto por el detalle de que aún tardaría años en saber lo que era un infarto del miocardio. Dos meses estuve con pesadillas por las historias truculentas de mi abuela y sus amigas.
Dos años después se murió una compañerita de clase y, como la paloma en el campo de fútbol que entre 22 jugadores, cuatro árbitros, dos entrenadores y 25.000 espectadores tuvo que cagarse en mí, era justo justo la que se sentaba a mi lado. Tenía 7 años, como yo. Éramos todo lo amigas que dos compañeritas de pupitre pueden ser a esa edad, aunque nos acabábamos de conocer hacía apenas unas semanas. Y de pronto resultó que tenía leucemia -palabra que conozco desde entonces- y se murió una noche después de haber pedido los lápices de colores. Estuvo persiguiéndome noche tras noche durante casi 5 años. Movía las cosas en la oscuridad, susurraba con rabia y hasta una noche me agarró por los pelos. Cogí su mano con la mía, fuerte, muy fuerte, y noté la tierra del cementerio y los gusanos del averno, pero no la solté. Fui a cogerla con la otra mano y a darme la vuelta para encararla, pero se me resbaló, aflojé un segundo y ella aprovechó para huir.
Con 11 años un hombre me apuntó con un revólver en la cabeza y le dio algunas órdenes a mi tío con una voz fría y serena. Mi tío cumplió, el hombre me soltó y desapareció. Pero sé lo cerca que estuve: me apuntaba con la derecha, el cañón apoyado contra la sien. Ambos de pie, él detrás de mí, su mano izquierda sobre mi hombro, el dedo pulgar tras la nuca, presión, se me clava una uña dolorosa, oigo el percutor. Su mano está fría sobre mi hombro, huesuda y larga, nervuda, noto sus músculos y venas. Mi tío tarda superinfinito al cuadrado en volver.
Hay más, pero ni son tan espectaculares ni esta acotación ha de tener más longitud. FIN DE LA DIGRESIÓN.
De los 18 a los 22, nuestra relación fue mística. Mi vida fue solo estudio de la literatura, oración y ejercicio de la escritura. Pero había un problema: lo que escribía no encajaba con el resto de mi vida. Por entonces me nació Ella. O Él, no sé. Me nació en el cuerpo calloso del cerebro, que es donde deben nacer estas cosas, y hasta hoy. Pero aún no es momento de hablar de él/ella.
De los 23 a los 30 entre la Muerte y yo solo hubo odio, un odio avinagrado y mucilaginoso. Escribí cosas muy interesantes en esta época. Muy literarias, poco técnicas, pero llenas de una fuerza que cuesta volver a alcanzar. Dejé de escribir a los 24.
De los 30 a los 37 nuestra relación fue de estupefacción. Sigo sin escribir, pero me permito epigramas o caricaturas para mantener la pluma ágil. Y así seguí hasta los 40 en que volví a escribir. Desde entonces hasta ahora nuestra relación está en fase de complicidad, aunque aún nos estamos conociendo.
La muerte te está mirando, siempre.
S
negro
Demasiado interesante
como la autora
Un Saludo de Chile